La transformación de la escuela tradicional supuso en el siglo XX una superación del modelo conductista que dio lugar al enfoque constructivista de la educación. El constructivismo irrumpe así de forma poderosa en el panorama educativo en el que gracias a las aportaciones de autores como Bruner, Ausubel, Piaget, Vygotski, etc. se conforma como el punto de partida de una nueva pedagogía.

En los últimos treinta años, la escuela continúa sumergida en un profundo intento de convertirse en una escuela de carácter integrador e inclusivo, útil a la hora de atender al alumnado con necesidades educativas específicas de cualquier índole.

Tal y como describen Molina y Domingo (2005) en su libro “Aprendizaje cooperativo y dialógico” el paradigma social de la enseñanza, junto a una ideología basada en principio filosóficos, políticos, sociales y críticos hace surgir un nuevo modelo de enseñanza en el que se enfatiza la ausencia de competición y el reparto igualitario de tareas y responsabilidades. La cooperación entre iguales se convierte en el fundamento del diálogo comunicativo.

Poner en marcha una metodología de aprendizaje cooperativo en el aula es mucho más que la aplicación de técnicas de trabajo en grupo, supone un cambio estructural en la organización del aprendizaje: inicialmente es necesario preparar al grupo potenciando su cohesión y su disposición hacia el trabajo en grupo, para ir introduciendo técnicas eficaces de trabajo en equipo. Los profesores debemos plantearnos la necesidad de contar con recursos didácticos que lo faciliten y desarrollar una reflexión profunda sobre nuestro rol docente ante el reto del uso de la metodología de aprendizaje cooperativo.